Cómo trabajamos
Un tejado en León no se repara igual que uno en la costa
Aquí el enemigo no es la lluvia continua: es el ciclo de hielo-deshielo. El agua entra en la porosidad de la teja, se congela por la noche, se expande y abre la pieza desde dentro. En una cubierta de la meseta leonesa ese ciclo se repite decenas de veces cada invierno, y en la montaña bastantes más. Por eso una teja que en Levante duraría cincuenta años aquí empieza a descascarillarse mucho antes, sobre todo en los faldones orientados al norte, donde el sol no llega a secarla entre helada y helada.
Eso cambia el criterio de reparación: sustituir la teja partida sin más es volver a tenerla partida en dos inviernos. Lo que revisamos es la subcubierta, porque si bajo la teja no hay una lámina que haga de segunda barrera, la reparación puntual es un parche caro. La segunda diferencia es el contraste térmico: amanecidas bajo cero y tardes de 35 grados dilatan y contraen los encuentros rígidos —cumbreras de mortero, baberos de chimenea, remates contra medianera—, y ahí aparecen la mayoría de las filtraciones que atendemos, no en mitad del faldón.